¿Por qué no hay animales con ruedas?

tortuga

La evolución le ha permitido a la vida en la Tierra adaptarse a todo tipo de ambientes y ecosistema, creando una variedad bilógica que se escapa de los recovecos de nuestra imaginación. A diario son documentadas nuevas especies, con características nunca antes vistas.

Alas, patas, tentáculos, aletas, antenas, colmillos; de todo hay en la Naturaleza. ¿Pero nunca te has preguntado por qué no existen animales con ruedas?

Aunque el diseño de las ruedas parece, en principio, bastante simple, no se conocen especies pluricelulares que hayan desarrollado algún sistema biológico de locomoción parecido.

Las únicas, por así decirlo, ruedas biológicas de las que se tiene noticia son los flagelos con los que se propulsan ciertas células procariotas. Es cierto que algunos metazoos pueden desplazarse rodando, pero para ello enroscan su cuerpo. Los pangolines y los armadillos, por ejemplo, adoptan esa postura para moverse impulsados por la gravedad cuando caen a lo largo de una pendiente.

SI tomamos en cuenta que con la invención de la rueda, se facilitó en gran medida la capacidad humana de transportar cargas pesadas por largas distancias, y que las formas circulares son aerodinámicas, es de extrañar que alguna especies no hayan probado con alguna variación de este diseño.

En un artículo en The Sunday Times, el conocido etólogo Richard Dawkins apuntó sobre este asunto que la evolución no ha originado este tipo de estructuras porque, en realidad, no suponen una ventaja.

Se podría decir que, sencillamente, los animales no necesitan ruedas. Es más, según este investigador, generar las redes de vasos sanguíneos y conexiones nerviosas altamente especializadas necesarias para mantener algo así supone un problema en cuanto a su consumo de energía, la búsqueda de fuentes de alimento y demás complicaciones que harían al animal incapaz de sobrevivir.

Así que es muy poco probable que nos encontramos con animales de Formula 1; nos tendremos que conformar con verlos correr, volar, saltar, nadar, bucear y maravillarnos con sus prodigiosas habilidades que, mal que bien, nos causan cierta envidia.